Durante décadas, muchas organizaciones han entendido la seguridad como una cuestión de cumplimiento. Si ocurre un accidente, la primera pregunta suele ser: ¿se siguió el procedimiento?
Pero ¿y si esa no fuera la pregunta correcta?
El documento “Learning from Normal Work” del IOGP (International Association of Oil & Gas Producers) plantea una reflexión que desafía uno de los pilares tradicionales de la gestión de la seguridad: los procedimientos, por sí solos, no crean seguridad.
Dos maneras de entender los procedimientos
El documento describe dos enfoques muy diferentes.
Enfoque 1: la seguridad está en el cumplimiento
Es la visión más tradicional.
Los procedimientos representan la forma correcta de trabajar y, si no pueden seguirse exactamente como están escritos, el trabajo debería detenerse. Bajo este enfoque, cualquier desviación se interpreta como un incumplimiento que debe evitarse.
Es un modelo que busca consistencia, estandarización y control.
Sin duda, los procedimientos son necesarios. Sin ellos sería imposible coordinar actividades complejas o garantizar unos estándares mínimos de seguridad.
Pero ¿son suficientes?
Enfoque 2: la seguridad nace de la adaptación
El segundo enfoque parte de una realidad que todos los profesionales de la prevención conocemos bien.
El trabajo real nunca coincide exactamente con el trabajo imaginado cuando se redactó un procedimiento.
Cada jornada aparecen circunstancias nuevas:
- cambios en el entorno;
- recursos limitados;
- presiones de producción;
- averías;
- condiciones meteorológicas;
- diferencias entre instalaciones;
- imprevistos imposibles de anticipar.
Por muy bien escrito que esté un procedimiento, nunca podrá contemplar todas las situaciones posibles.
Como afirma el propio documento:
“Los procedimientos son imperfectos por definición.”
Y precisamente por eso, la seguridad depende de la capacidad de las personas para interpretar la situación y adaptar su actuación cuando la realidad no coincide con lo previsto.
Adaptarse no significa trabajar de forma insegura
Este es probablemente el punto que más cuesta aceptar.
Cuando hablamos de adaptación, algunas personas interpretan automáticamente que estamos justificando los incumplimientos.
No es así.
La adaptación no consiste en ignorar las normas.
Consiste en utilizar el conocimiento, la experiencia y el criterio profesional para conseguir que el trabajo siga siendo seguro cuando las condiciones cambian.
En muchos casos, esa capacidad de adaptación es precisamente lo que evita un accidente.
Por eso el IOGP afirma que la seguridad operacional requiere que las personas hagan juicios profesionales que, en ocasiones, pueden apartarse del procedimiento escrito.
El verdadero problema no es la desviación
Desde una perspectiva tradicional, una desviación suele desencadenar una investigación para averiguar quién incumplió la norma.
El enfoque propuesto por el IOGP plantea una pregunta distinta:
¿Qué hizo que seguir el procedimiento resultara difícil o incluso imposible?
Es un cambio aparentemente pequeño, pero con enormes consecuencias.
Porque deja de poner el foco sobre la persona para centrarlo en el sistema de trabajo.
Quizá el procedimiento estaba desactualizado.
Quizá no contemplaba las condiciones reales.
Quizá los recursos eran insuficientes.
Quizá existían presiones incompatibles con la forma prevista de trabajar.
En ese contexto, la adaptación deja de verse como un problema y pasa a convertirse en una fuente de aprendizaje.
El papel del liderazgo cambia por completo
Si aceptamos que el trabajo real siempre exige cierto grado de adaptación, también cambia el papel de los líderes.
Ya no basta con preguntar:
“¿Habéis seguido el procedimiento?”
Las preguntas realmente útiles pasan a ser otras:
- ¿En qué situaciones resulta difícil cumplir el procedimiento?
- ¿Qué obstáculos encontráis para trabajar de la forma prevista?
- ¿Qué adaptaciones realizáis habitualmente?
- ¿Cómo podemos facilitar que esas adaptaciones sean más seguras?
El documento destaca que los líderes deben buscar activamente estas conversaciones y apoyar a los equipos para reducir el riesgo cuando el procedimiento no encaja con la realidad.
Castigar no hace el trabajo más seguro
Quizá una de las afirmaciones más potentes del documento sea esta:
Pedir a las personas que “lo intenten más” o recurrir al castigo no hace que el trabajo sea más seguro.
Cuando una organización responde únicamente con sanciones, lo que suele conseguir es exactamente lo contrario:
- disminuye la comunicación;
- se ocultan las dificultades reales;
- aparecen conductas defensivas;
- se pierde una oportunidad para aprender.
La mejora no nace del castigo.
Nace de comprender las restricciones con las que trabajan las personas y de rediseñar el sistema para que trabajar de forma segura sea también la forma más sencilla de trabajar.
Del cumplimiento al aprendizaje
Esta visión conecta plenamente con enfoques como Safety-II, Human and Organizational Performance (HOP) o el concepto de Trabajo Tal Como Se Realiza (Work As Done).
Todos comparten una misma idea:
La seguridad no depende únicamente de que las personas sigan procedimientos.
Depende de cómo las organizaciones diseñan sistemas capaces de apoyar a las personas cuando inevitablemente tienen que adaptarse.
Porque el objetivo no debería ser conseguir un cumplimiento perfecto de unas instrucciones estáticas.
El verdadero objetivo es comprender cómo el trabajo se realiza con éxito cada día, incluso cuando la realidad obliga a desviarse del plan inicial.
Y quizá esa sea una de las mayores oportunidades que tenemos hoy para seguir mejorando la seguridad: dejar de perseguir únicamente el incumplimiento y empezar a aprender del trabajo normal.


