Cuando una empresa investiga un accidente laboral, la atención suele centrarse en las lesiones físicas, las causas técnicas y las medidas preventivas para evitar su repetición. Sin embargo, existe una consecuencia que con frecuencia pasa desapercibida y que puede condicionar la recuperación mucho más que la propia lesión: el impacto psicológico del accidente.
Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Padua pone de manifiesto una realidad que todavía recibe poca atención en la prevención de riesgos laborales: un accidente grave puede desencadenar ansiedad, depresión o incluso trastorno por estrés postraumático (TEPT), independientemente de la gravedad de la lesión física.
El accidente termina… ¿o realmente acaba ahí?
Cuando pensamos en un accidente laboral solemos imaginar fracturas, amputaciones, quemaduras o caídas. Sin embargo, para la persona que lo ha sufrido, el accidente no siempre termina cuando recibe el alta médica.
Muchos trabajadores continúan reviviendo el momento del accidente durante meses o incluso años:
- Recuerdos intrusivos.
- Pesadillas.
- Miedo a volver al puesto de trabajo.
- Hipervigilancia constante.
- Evitación de determinadas tareas o lugares.
- Irritabilidad o ansiedad permanente.
Estos síntomas forman parte del trastorno por estrés postraumático (TEPT), una patología ampliamente estudiada en militares, bomberos o policías, pero mucho menos analizada en trabajadores de sectores industriales, construcción o mantenimiento, donde también pueden producirse accidentes traumáticos.
Casi 4 de cada 10 trabajadores presentaban síntomas compatibles con TEPT
En el estudio participaron 38 trabajadores que habían sufrido accidentes laborales graves y un grupo equivalente de trabajadores sin antecedentes de accidentes.
Los resultados fueron contundentes.
Los trabajadores accidentados presentaban:
- niveles significativamente superiores de ansiedad;
- mayor sintomatología depresiva;
- más síntomas postraumáticos;
- menor capacidad de afrontamiento (resiliencia).
Lo más llamativo es que el 39,4 % cumplía criterios compatibles con un trastorno por estrés postraumático, una prevalencia muy elevada para una población laboral. Además, cerca de la mitad mostraba síntomas depresivos clínicamente relevantes.
No depende tanto de la gravedad física
Uno de los hallazgos más interesantes del estudio rompe una idea bastante extendida.
Podríamos pensar que cuanto más grave sea la lesión, mayor será el impacto psicológico.
Sin embargo, los investigadores encontraron que:
- el porcentaje de incapacidad física no predecía la aparición del TEPT;
- tampoco influía el tiempo transcurrido desde el accidente.
Por el contrario, el mejor predictor era un factor psicológico: la resiliencia.
Es decir, dos personas que sufren un accidente muy similar pueden evolucionar de manera completamente distinta dependiendo de sus recursos psicológicos para afrontar la situación.
Volver al trabajo no siempre significa estar recuperado
Muchas organizaciones utilizan el regreso al trabajo como indicador de recuperación.
Sin embargo, el estudio muestra que una persona puede reincorporarse y seguir sufriendo consecuencias psicológicas importantes.
De hecho, los investigadores observaron que los trabajadores con mayor presencia de recuerdos intrusivos del accidente tenían más dificultades para volver a trabajar. Además, otros estudios citados por los autores muestran que los déficits de atención, concentración y memoria tras un accidente pueden incrementar incluso el riesgo de sufrir nuevos accidentes.
Esto obliga a replantear una pregunta fundamental:
¿Estamos evaluando realmente cuándo un trabajador está preparado para volver al trabajo?
Una oportunidad para la prevención
Desde la prevención de riesgos laborales solemos hablar de investigación de accidentes, cultura preventiva o factores humanos.
Quizá ha llegado el momento de incorporar otro elemento: la salud psicológica post-accidente.
Los autores del estudio recomiendan incluir una evaluación psicológica sistemática en los trabajadores que hayan sufrido accidentes graves.
No se trata únicamente de detectar problemas de salud mental, sino de:
- identificar precozmente situaciones de riesgo;
- ofrecer apoyo psicológico cuando sea necesario;
- fortalecer la resiliencia;
- facilitar una reincorporación más segura;
- reducir el riesgo de cronificación del sufrimiento psicológico.
¿Qué pueden hacer las empresas?
Desde una perspectiva preventiva, existen varias actuaciones con un elevado potencial de impacto:
- Realizar un seguimiento psicológico tras accidentes graves, además del seguimiento médico habitual.
- Formar a mandos y responsables para detectar señales tempranas de malestar psicológico.
- Integrar la dimensión emocional en la investigación de accidentes.
- Facilitar programas de apoyo psicológico cuando sea necesario.
- Diseñar procesos de reincorporación progresiva que contemplen tanto la recuperación física como la psicológica.
La prevención también protege la mente
Durante décadas la prevención de riesgos laborales ha logrado reducir la gravedad de muchas lesiones físicas gracias a la mejora de los equipos, los procedimientos y la cultura preventiva.
El siguiente paso pasa por reconocer que un accidente también puede dejar heridas invisibles.
Porque la recuperación completa no consiste únicamente en que una fractura consolide o una herida cicatrice.
Consiste en que la persona pueda volver a trabajar con seguridad, confianza y bienestar.
Y para lograrlo, debemos empezar a considerar la salud psicológica como una parte inseparable de la gestión de los accidentes laborales.


