En los años 80, los criminólogos James Q. Wilson y George L. Kelling introdujeron la teoría de las “ventanas rotas”. Según su planteamiento, si en un edificio aparece una ventana rota y nadie la repara, pronto habrá muchas más. No porque el cristal sea frágil, sino porque ese pequeño signo de deterioro lanza un mensaje potente: aquí nadie cuida, aquí todo vale.
Esa sensación de abandono, de permisividad, puede acabar convirtiéndose en un caldo de cultivo para el desorden, el incumplimiento y, finalmente, para el daño. Y aunque esta teoría surgió en el ámbito de la criminología urbana, su aplicación al mundo de la seguridad y salud laboral es profunda y reveladora.
Porque en seguridad, también hay ventanas rotas.
Una escalera sin señalizar, un extintor cubierto por cajas, un derrame sin limpiar, una señal de advertencia ignorada… Y, sobre todo, un líder que se salta una norma “porque es solo un momento” o “porque no hay nadie mirando”. Cada uno de estos gestos, aunque parezcan insignificantes, son grietas en la cultura preventiva. Son ventanas rotas.
Y cuando esas ventanas no se reparan —cuando nadie actúa, cuando se normalizan— el mensaje que cala en la organización es el mismo que describían Wilson y Kelling: “Aquí no pasa nada. Aquí todo vale”.
El verdadero papel del líder en seguridad
El liderazgo en seguridad no se ejerce únicamente desde los discursos o los PowerPoint. Se ejerce, sobre todo, en el terreno. En lo cotidiano. En esas pequeñas decisiones que parecen invisibles, pero que tienen un enorme poder simbólico.
Porque los equipos observan. Y más que escuchar lo que dices, prestan atención a lo que haces.
- Si el líder no se pone el casco, ¿por qué debería hacerlo yo?
- Si se salta una norma porque “vamos con prisa”, ¿qué valor tiene esa norma?
- Si actúa con indiferencia ante un acto inseguro, ¿realmente nos importa la seguridad?
Un solo gesto incoherente puede romper muchas ventanas de golpe. Puede echar por tierra meses de esfuerzo. Puede sembrar la duda y la apatía en un equipo que necesita confianza y consistencia.
Reparar ventanas, construir cultura
La buena noticia es que también podemos reparar esas ventanas. Y no hace falta hacer nada grandioso. A veces, basta con detenerse. Con cumplir una norma aunque nadie mire. Con agradecer a alguien que ha hecho lo correcto. Con corregir un comportamiento inseguro con respeto, pero con firmeza.
Cuando un líder actúa con coherencia, está restaurando el valor de las reglas. Está diciendo: “Esto es importante. Esto es parte de cómo trabajamos aquí”. Está construyendo cultura.
Y la cultura preventiva no se impone, se contagia.
Se contagia con el ejemplo. Con esa manera de estar presente, de ser coherente, de asumir que el liderazgo en seguridad no es una cuestión de jerarquía, sino de responsabilidad. De convicción.
Conclusión
Las “ventanas rotas” en seguridad no son solo fallos materiales, son señales que marcan la diferencia entre una cultura del cumplimiento y una cultura del “esto siempre se ha hecho así”.
Los líderes tienen el poder —y el deber— de evitar que esas grietas se conviertan en rutinas peligrosas. Porque cada vez que un líder se salta una norma, está autorizando a otros a hacerlo. Pero cada vez que la cumple, aunque nadie lo vea, está educando. Está liderando. Está cuidando.
Y en eso consiste liderar en seguridad: en elegir cada día entre romper una ventana… o repararla.
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