Cuento de Navidad ‘Un brindis por la seguridad’

Tiempo de lectura: 6 minutos

Los cuentos de Navidad son relatos que giran en torno a la temática navideña y suelen transmitir valores como la generosidad, la solidaridad y el espíritu festivo. Estos cuentos a menudo se centran en temas como el amor, la compasión, la redención y la importancia de estar con seres queridos durante las festividades.

“Canción de Navidad” (A Christmas Carol) de Charles Dickens, escrito en 1843, “El Cascanueces” de E.T.A. Hoffmann, “La mula y el buey” de Benito Pérez Galdós,… Además de estos clásicos, hay una amplia variedad de cuentos de Navidad que abordan diferentes temas y estilos, desde relatos cómicos hasta conmovedores.

¿Y si nos llevamos estos cuentos al terreno de la prevención de riesgos laborales?

Daniel Jerez, técnico de PRL en PrevenControl y escritor de novela negra, como la reciente ‘El pasado nunca nos olvida‘, nos ha regalado siete magníficos relatos cortos que os queremos compartir durante estos días de Navidad.

CUENTO III · ‘UN BRINDIS POR LA SEGURIDAD’
por Daniel Jerez Torns

La Navidad se acercaba. Los comercios ya empezaban a decorar sus escaparates con guirnaldas, pesebres y luces de colores.
Como cada año, en la plaza, se hacía los preparativos para montar el gran belén, con sus casas, sus montañas y sus figuras.
También, como cada año, el ayuntamiento había colocado una carpa en la que, primero con Papá Noel y luego con los Reyes Magos de Oriente, los niños desfilarían para  entregar su carta de regalos.

Lucía hacía cola junto a su madre. Un viento helado les obligaba a encoger los hombros para impedir que el frío se colara en su cuerpo y a dar patadas en el suelo con la intención de que sus pies no se congelaran.
Avanzaban poco a poco. Cada niño se tomaba su tiempo. Algunos lloraban al sentarse encima de aquel hombre de barba blanca y vestido con traje rojo.
Al fin llegó su turno.

Lucía entró en aquella carpa en forma de tienda de indios. Se sentó en las piernas de Papá Noel y miró al fotógrafo que hacía las fotos que luego cobraría a cinco euros y que nadie compraba, ya que cada padre hacía la foto con su móvil desde la puerta.

– ¿Cómo te llamas? –preguntó Papá Noel.
– Lucía
– ¿Y tu carta?
– No la he escrito.
– Ah. ¿Y qué quieres para Navidad?
– Pues, no es para mí, es para papá. Bueno, también para sus amigos.
– ¿Ah sí? ¿Y qué es Lucía?
– Mmm, no sé muy bien qué es, pero le oigo decir a papá que lo necesitan mucho. Es algo que se llama “arnés”. Llega cada día a casa muy preocupado por no tenerlo. Dice que algún día se hará mucho daño por no tenerlo y yo no quiero que papá se haga daño. Cuando habla con mamá, se enfada mucho y dice que sus amigos también piden ese “arnés”. Yo no sé qué es pero debe ser algo muy importante. Dice que arriesga su vida.
– Vaya, ¿dónde trabaja tu papá?
– Pues limpia cristales de edificios muy altos. Un día me enseñó dónde se sube. Es como un coche de bomberos. Tiene una cesta donde se sube papá y luego esa cesta se levanta mucho. Ahora tiene mucho trabajo. Es el encargado de poner todas las luces de las calles en el pueblo. Por eso está muy preocupado. Bueno, él y sus amigos.
– Ya.
– Así que solo pido que traigas esos “arnés” para mi papá.

Al salir de la carpa, Lucía dio la mano a su madre y caminaron por la calle peatonal, mirando los escaparates tan coloridos.
Aquí podría finalizar la historia. Una niña que pide a Papá Noel un regalo especial. Pero nuestra historia ocurre en un pueblo de menos de cinco mil habitantes, donde todos se conocen y donde el encuentro más extraño, deja de ser casual.
Nuestro otro protagonista es Papá Noel, que como es sabido, no es tal. Se trata de Roberto, el director de compras de la empresa de limpieza, que este año ha decidido impregnarse del espíritu navideño y hacer de Papá Noel. Eso, y también que como amigo del Alcalde, este le pidió de hacer de Papá Noel. El favor tuvo su recompensa. El ayuntamiento contrató su servicio para colocar las luces de todas las calles, usando sus plataformas elevadoras.
Roberto es un director de compras inflexible, poco negociador y muy poco atento a las peticiones de los trabajadores. Piensa más en la empresa y en cómo contentar a los jefes con magníficos números.

Durante el verano, Roberto se enfrentó al técnico de prevención de la empresa. Le pedía que debía revisar las barandillas de las plataformas y comprar un arnés para cada trabajador para que pudieran anclarse y asegurarse de que ante cualquier caída, no sufrirían daños mortales.
A Roberto todo eso le parecía excesivo. Nunca había caído nadie. Los arneses eran gasto.
El técnico le hablaba de que en otra empresa había habido tres accidentes graves por aquel motivo, pero Roberto no entró en razones.
Se acercaba fin de año y presentaría unos magníficos números a dirección, siempre y cuando siguiera sin invertir en el mantenimiento de las plataformas y en comprar esos malditos arneses que, según había consultado, eran realmente caros y si multiplicaba por el número de plantilla… No quería ni pensarlo.
Sin embargo, Roberto llegó aquella noche pensativo a casa. Durante la cena, su mujer le preguntó qué le ocurría. Su hija Marta también pareció darse cuenta de que su padre estaba ausente.

Cuando Marta se quedó dormida, Roberto se acercó a la puerta y miró cómo su hija parecía sumergirse en un sueño profundo. Cada día, al llegar a casa, lo primero que oía era la risa de Marta acercándose a la puerta para abalanzarse sobre él. ¿Qué pasaría si, por un accidente, dejase de entrar por la puerta?
Esa risa se apagaría, al igual que su felicidad.

Roberto se sentó en el sofá. La prevención de riesgos había dejado de ser algo abstracto para convertirse en algo concreto. Su mente ya no pensaba en conceptos como caída a distinto nivel (lo que tanto le oía decir al técnico), evaluación de riesgos, medidas preventivas, probabilidad alta, sino en el daño que podía ocasionar en una familia un accidente.

Ya no era cuestión de números de dinero, sino de personas.

Pero nuestra historia tampoco acaba aquí, porque nuestro director de compras al día siguiente se reunió con el técnico de prevención al cual le pidió el informe sobre las plataformas y que le especificara qué tipo de arnés se tenía que comprar.  El técnico, un chico joven que había entrado en la empresa hacía tres años, le sonrió.

–  Gracias Roberto. Como ves la prevención no es solo cosa mía, es un tema que pasa por todos. Sin la implicación de cada uno de nosotros, esto no se consigue.
En apenas dos días, se habían arreglado aquellos desperfectos que tenían las barandillas de las plataformas y comprado los arneses. También se hizo una revisión de las ruedas y de todo el sistema de tracción del brazo extensible. Cuando Roberto presentó los números a dirección, se puso en entredicho su gestión y se le exigió implantar una política de recortes.
Roberto estaba tenso aquella tarde. Ya había oscurecido y un frío intenso le hacía tiritar mientras paseaba por las calles.
Vio a lo lejos que algunos operarios de su empresa estaban colocando las luces, subidos a la plataforma y con el arnés puesto.
A su espalda oyó una puerta que se abría, junto con el alboroto de música y voces. Era el bar de Miguel.
Roberto entró y se sentó en la barra. Pidió una cerveza. Bebía sumido en sus pensamientos. La frase de Jorge, de la directiva, resonaba en su frase: “si no mejora estos números, tendremos que buscar a otro”.
– ¿Se encuentra bien?
La voz procedía de su lado. Un hombre con barba canosa, algo desaliñada, la cara ajada por el tiempo y, posiblemente, el alcohol, un gorro sucio de color verde y un abrigo que parecía recogido de la basura le miraba con atención.
– He tenido días mejores.
– ¿Qué le ocurre? ¿Problemas familiares?
– No, no. Resulta que en mis jefes se han cabreado conmigo. He gastado más de lo previsto.
– Vaya, y ese gasto, ¿era algo necesario?
– Pues sí. Hasta hace poco pensaba que no, pero era importante para nuestros trabajadores.
– Ah.
– Cuestión de seguridad.
– Bueno, pues entonces no se preocupe, ha hecho lo correcto. Un brindis por la seguridad –el hombre levantó su botella de cerveza y brindaron.
Lucía volvió a hacer cola para ver a Papá Noel.
Roberto la vio entrar con una sonrisa en los labios. Se sentó en sus piernas y le dio un beso en la mejilla.
– Muchas gracias, Papá Noel. Mi papá ahora está muy contento.
– Me alegro mucho, Lucía.
Los dos alzaron la vista en el momento en que se encendían las luces de Navidad que acababan de ser instaladas.

A Roberto jamás le habían parecido tan bonitas esas luces.
El día de Navidad, Roberto disfruto al ver su hija abriendo los regalos. María le había regalado un reloj precioso. Sin embargo, vio un paquete en un rincón que nadie había abierto.
– ¿Y esto?
– No lo sé. Mío no es –dijo María en voz baja.
Encima del paquete, que era del tamaño de una lavadora, había un sobre con su nombre escrito con letra gótica. María, mientras tanto, había abierto el paquete. Se trataba de una gran urna de cristal con agua dentro.

Roberto, esto no es un regalo propiamente dicho. Se trata de algo que has evitado y que quiero que veas para que no olvides que lo importante son las personas y no los números. Este año has hecho algo muy importante. Estoy muy orgulloso de ti. Pero has de seguir luchando. Lo que hay en la urna no es agua, son lágrimas. Son las lágrimas no vertidas por familiares y amigos de trabajadores tuyos que se habrían accidentado si no hubieras tomado las medidas que te decía el técnico de prevención. Si quieres puedes volcarlas al mar, pero no olvides que todos debemos prevenir.
¡Un brindis por la seguridad!

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